No sé lo que quiero

He leído muchas veces que un gran seductor/seductora debe tener las ideas claras y objetivos definidos, adherirse a estos con voluntad de hierro, no debe dejarse influenciar por los factores que le rodean y ser implacable hasta alcanzar lo que quiere. Y si no eres así de verdad, lo que dicen es que por lo menos lo aparentes, que es importante que tengas esa imagen, y así alcanzarás lo que quieres.

Pues yo me confieso públicamente: No sé lo que quiero. Y esto abarca todo los aspectos. Empezaré por uno básico, como por ejemplo el dinero. ¿Recordáis cuando erais estudiantes? Todos queríamos tener un trabajo que nos permitiera tener independencia económica. Bien, ahora muchos de nosotros lo tenemos. También tenemos una hipoteca, las letras del coche, del préstamo de las vacaciones, del ordenador nuevo… y recordamos con añoranza la época de estudiantes y esa sensación de ligereza, de falta de responsabilidades y abundancia de tiempo para hacer cosas que nos apetecían. Así que realmente me doy cuenta de que tener más dinero no trae necesariamente la felicidad.

Otro ejemplo, relativo a la seducción. Un gran seductor o seductora tiene un enorme éxito, le sobran las tías-tíos. Tampoco sé si quiero eso. Tengo rachas en las que me da por salir en plan Matahari, es muy divertido y se me da muy bien. Pero luego no me apetece recibir tres o cuatro llamadas al día, ni tener el Messenger saturado de mensajes de tíos interesados por mí. Yo no soy una mujer que necesite ese tipo de atención. Así que acaba aburriéndome también. Entonces, ¿qué quiero?

 

Cuando pienso en ligar, o en echarme un rollete, o una relación estable, desde mi cabeza siempre pienso que quiero tal tipo de hombre, que tenga una cierta similitud su estilo de vida y el mío, por supuesto atractivísimo y arrebatador blablabla… Cuando los he conseguido, a menudo no pasan de unas cuantas citas, o como mucho unos meses, porque me doy cuenta de que necesito algo más. Hay algún ingrediente que me falta y no acaba de cuajar.

Esto me llevó a pensar si es tan importante tener “claro” lo que uno quiere en la vida e ir a saco a por ello, si luego nos damos cuenta de que no era lo que queríamos. Si lo pensáis bien, ¿para qué queremos esas cosas? Todo eso que deseáis en esta vida tiene un único objetivo: haceros más felices. La finalidad de todo lo que hacemos es sentirnos bien. Estamos acostumbrados a buscar un plan de acción para llegar a las cosas que creemos que nos van a dar la felicidad. Pero como ya hemos visto, esto no da ese resultado a menudo.

Lo que yo planteo es una pequeña locura. Propongo que te saltes el plan de acción, que desconectes el cerebro por unas horas y te limites a hacer cosas que te hagan sentir bien, independientemente de que cuadren en lo que tú tenías pensado. En lugar de pensar qué vas a hacer para así sentirte mejor, haz algo que te haga sentir bien, y luego haz otra que te haga sentir mejor. Fíjate qué te dice tu cuerpo que quieres hacer. Lo que surja de ahí te va a gustar y verás que lo que tu cerebro quería hacer de una manera, a lo mejor se puede hacer de otra más sencilla y con menos esfuerzo. Es decir, imagina que eres un corcho, que tu plan de acción te tiene atado al fondo del agua y que lo sueltas, subes libremente y te dejas llevar…

Esta idea de no controlarlo todo y dejarse llevar por sensaciones agradables es algo que le va a chocar a más de uno. Por eso sugiero que para empezar, si alguien quiere hacer el experimento, lo haga un fin de semana o un día de vacaciones. Yo lo hice por primera vez un domingo y me llevé una enorme sorpresa. No sólo no se hundió el mundo, ni mi vida se sumió en un caos, sino que hice más cosas que en mi plan de acción original, con un ánimo y una motivación muy positivos y fue un día realmente relajado.

Para ilustrar de cómo se puede hacer esto en el campo de la seducción, pongo un ejemplo práctico y cómo se puede enfocar la misma situación de dos maneras muy distintas.

Ahora a lo mejor harías algo así:

Imagina que sales con tu ala una noche, veis un grupo de chicas monas y hay una en especial que te gusta. Guapísima, exuberante, se la ve con los humos un poco subidos, pero eso no importa. Tú, que sabes todos los trucos habidos y por haber, sabes cómo bajárselos. Además sabes que eso te va a dar valor delante del resto de tus amigos, así que decides que vas a por ella y te pones de acuerdo con tu ala. Entras hablando con una de las amigas del grupo, al ratito entra tu ala y empieza a hablar con la chica que te gusta, mientras tú te muestras indiferente ante ella. Ocasionalmente, le dices dos o tres cosas casi sin mirarla y aparentas que te interesa otra. El caso es que en el grupo de amigas hay varias chicas simpáticas y te quedas un rato con ellas riéndote. Te lo estás pasando sinceramente bien con ellas, en especial hay una que no es tan mona, pero que tiene una sonrisa traviesilla y un sentido del humor que te encantan.

Ah, recuerdas de pronto, yo me voy a ligar a la que no se puede ligar nadie. Así que vuelves a tu plan original. Y de hecho, puede ser que triunfes, te ligues a la tía más deseada del bar, acabes besándola e incluso te la lleves a tu cama. Pero cuando termines y te preguntes de qué puedes hablar con ella ahora, o cómo decirle que se vaya a su casa porque quieres dormir y te sobra a tu lado, notarás esa sensación de “esto no es lo que yo realmente busco”.

 

Ahora vamos a imaginar la misma situación inicial, pero cambiando algunas cosas. Me salto todos los protocolos de sargeo, porque se trata de hacer lo que te apetezca, así que me da igual la proyección de valor, me da igual quién abra. Que quieres abrir tú, abre tú, que queréis hacerlo juntos porque os resulta más divertido, adelante. Y una vez en el grupo, habla con todas y elije en base a la que te haga sentir mejor. Olvídate del tamaño de los atributos femeninos típicos, olvídate de que sea la que nadie consigue ligarse, quédate con la que te haga sentir mejor y disfruta de esa sensación.

A lo mejor no es ninguna de éstas, o a lo mejor es la amiga normalita, sí, la de la sonrisa de niña pequeña que te hace reír tanto. Tal vez tu ala te diga en un momento dado que la despampanante no hace más que preguntar por ti, o ella misma sea la que te dé claras señales de que está por ti. Pero si te guías por cómo te sientes, y la chica con la que te sientes genial es la amiga menos resultona, te animo a que te arriesgues a seguir esa señal. Igual te sorprendes de ver que la noche ha volado y has amanecido con ella, que a lo mejor habéis acabado en la cama y no quieres que ella se vaya y de que algo dentro de ti sonríe.

Aviso: dejarse llevar por las sensaciones de “me siento bien haciendo esto” es difícil. El ego (no nuestro Egoh, jeje, sino nuestro pequeño ego interior) es un saboteador y nos dirá que la supermodelo es la mejor, o que hay cosas que no se pueden hacer. Pero si sabemos escuchar esa vocecita interna de “qué a gusto estoy ahora”, veremos que muchas veces la elección es mucho más fácil y sencilla de lo que nos imaginamos, y nos sentiremos más llenos que cuando nos guiamos por el ego.

A todo esto, rectifico el título del artículo. Sí sé lo que quiero: Quiero sentirme bien.

Dedicado a mi Ángel de la Guarda, que apareció un día en mi vida como caído del cielo y me enseñó que todo era mucho más sencillo de lo que parecía.

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