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Relato erótico: Dulce traición

Dulce Traición

Un día más vuelvo a mi casa tras ocho horas de trabajo en la oficina,  ningún estímulo nuevo a la vista y ya van semanas desde que mi marido me dedicó el último ápice de atención. La distancia entre nosotros crece por momentos, apenas queda rastro de las emociones que me invadían cada día.  Él está enganchado a la televisión mientras yo con un grito ahogado  me refugio en un mundo de recuerdos, cada vez mas lejanos.

Me agarro como un clavo ardiendo a las redes sociales en busca de cualquier pequeño suministro de emociones que me encantaría poder otorgarle a mi marido. Muchos chicos me hablan, la mayoría no tardan más de tres líneas en ofrecerme sexo o en plegarse como perritos a mis caprichos. Me siento sola en este desierto  de depredadores sexuales buscando un oasis que pueda salvarme. No hay rastro de esas historias de príncipes azules con las que soñaba de pequeña.

Un sonido me alertó de que tenía un nuevo mensaje. No dijo hola, no se disculpó por atreverse a hablarme, tampoco me hizo ninguna propuesta digna de mujeres que cobran por ello. Recuerdo su mensaje porque se clavó en el interior de mi mente como una flecha.

-¿Se puede desear a alguien a quien nunca has visto?

Cada frase suya me impulsaba a cerrar más y más ventanas de conversaciones, pronto tuvo toda mi atención como un único foco de luz en la inmensidad de la noche más oscura.  Mi interés por él  aumentaba sin parar.

-Un chico como tu estará rodeado de mujeres – le dije

- No me rodean, se ponen encima o debajo ;) – respondió

La mezcla de atrevimiento y  diversión hacían de él una droga muy adictiva.  Aunque sentía que no debía, cada vez volvía en busca de otra dosis.

-Eso se lo dirás a todas – le espeté tras la enésima perla que salió de sus labios.

-A todas las que me recuerdan a ti – respondió

El conseguía hacerme sentir especial, única.  Nunca me había sentido tan valorada.  Nada me importaba ya, de pronto me di cuenta de que mi único pensamiento cada día se había reducido a él, a nosotros.

Cada noche al dormir se repetía en mis sueños una misma imagen,  su cuerpo encima del mío sujetándome con sus brazos mientras me sumergía en un profundo estado de frenesí con cada impulso de su cadera, a esta imagen la sucedía el momento en que mi marido cogía sus maletas y me abandonaba, cada mañana al despertar  una palabra martilleaba mi mente, “TRAICIÓN”

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Decidí que no podía  continuar así, iba a renunciar a lo que más deseaba por el fantasma  de una relación que ya solo existía en mi recuerdo. La próxima vez que lo viese iba a decirle que estaba casada, sabía que tras eso todo terminaría.

-Tengo marido - así  de simple, así de corto así de directo

-Por ahora solo me interesa conocerte a ti. Mañana a las 8 – respondió

Las ganas de entregarme a él volvieron. Le había dicho que tenía pareja y el no solo no se arrugaba sino que reforzaba su interés exhortándome a una cita que me moría de ganas por aceptar.

-No me lo pongas más difícil, te deseo, pero no puedo hacerlo – y cerré la conversación. Me juré que nunca más volvería a hablarle. Iba a darle la espalda a lo que mas anhelaba. Iba a torturarme privándome de lo único que todavía me hacía sentir viva.

Pasaron dos días sin saber nada de él, no obstante sentía que el seguía cerca, que no se iba a rendir, no era un hombre que fuese a aceptar un no tan fácilmente. Mis sospechas se confirmaron un día mas tarde cuando salí a cenar con mi marido a un restaurante de pasta italiano. En la mesa de enfrente estaba él sentado cenando con una jovencita morena. Desde nuestra mesa podía escuchar como hablaban  y se reían. Parecían disfrutar de su velada mientras en la nuestra un silencio incómodo destruía cualquier intento de arreglar nuestra relación. De pronto el clavó sus ojos en mí, mi corazón palpitaba con fuerza, parecía que iba a salirse de mi pecho. Saber que él también tenía pareja me excitaba más todavía. Con un gesto de sus ojos me indicó que quería que me levantase. Yo bajé los ojos, las piernas me temblaban, no podía pensar que hacer. Traté de concentrarme en mi pareja pero tras unos segundos de vacilación le dije que necesitaba arreglarme frente a un espejo y me levanté.

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Entre en el baño de señoras y cabizbaja apoye las manos frente al espejo, mientras la primera lágrima resbalaba por mi mejilla noté que alguien cerraba la puerta, era el, estábamos solos y nos lo jugábamos todo. No opuse resistencia, su presencia me invadía, su confianza me dominaba, su mirada me volvía loca. Con sus manos abiertas sujetaba las mías contra la puerta,  comenzó a bajar una por mi cuello mientras él bebía toda la pasión que mis labios le entregaban. Cada ligero roce en mi cuello era un escalofrío que me recorría entera. Mordía muy despacio mis labios mientras una mano se perdía entre mi lencería. Bajó sus manos a mi cintura y comenzó a subir mi falda.  Con un rápido gesto me giró y me abrazaba por detrás, una mano entraba en mi falda, otra desabrochaba el único botón que separaba su mano de mi pecho, su boca mordía mi oreja. El disfrutaba rodeándome, poseyéndome. Al fondo podíamos ver nuestras imágenes en el espejo. Yo era suya, él lo sabía y yo lo deseaba. Volvió a girarme, me sentó encima. Me encantaba ver como me sonreía, sabía que el momento se estaba acercando. De pronto se volvió superdulce, me sentía como una muñeca de porcelana, sentí como su respiración se aceleraba en mi oído, mis ojos se dilataron, su cuerpo entró dentro de mí y nos convertimos en una sola persona.  Mi cara esbozó una sonrisa

-¿Qué te pasa? - Me dijo

-Si, se puede desear a un desconocido -  respondí.

 

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