Nine 1/2 Weeks (1986) – Nueve semanas y media

 En nuestras pelis instrascendentes pero con escenas de sexo inolvidables, llegó el turno de la nevera abierta, unos ojos vendados y un hielo, y un striptease sugerente con “You can leave your hat on” de Joe Cocker de fondo.

nueve semanas y media escenas de sexo

Nueve semanas y media supuso un verdadero bombazo a mediados de los años ochenta ya que Adrian Lyne utilizó su estética y estilo de videoclip, (que, por otro lado, en ese momento estaba en plena efervescencia y no era muy distinto al de Rydley Scott en Blade Runner (1982) o Legend (1985)) para presentar un producto erótico soft destinado a ser consumido como un whopper por el espectador medio, pero sin mancharse demasiado las manos con grasientas salsas de colores. Una película erótica sin mojarse, de sintetizador, a diferencia de las reivindicativas setenteras El último tango en París (1972) o El imperio de los sentidos (1976).

Hoy en día, haciendo un ejercicio de estética de la recepción, resulta muy curioso leer las críticas de los espectadores que, por ejemplo en filmaffinity, comentan o juzgan la película en la actualidad. Casi todos coinciden en considerarla un bodrio (cierto es que es bastante mediocre) y algunos no entienden a qué se debió tanto revuelo en el momento de su estreno, porque les parece que las secuencias interesantes no son tan subidas de tono como esperaban. ¡Eran los 80!! y aunque parezca que no, ¡ya han pasado casi 25 años! Y la interpretación de Kim Basinger, pese a ser nominada al premio Razzie como peor actriz, fue monumental.

kim basinger

Aun así, algunos comentarios resultan reveladores y dan cuenta de hasta qué punto este film, más que cualquier otro, podría entrar en la lista de películas mediocres o sinceramente malas con escenas eróticas nada desdeñables:

Taylor: “Desde la perspectiva masculina de aquellos 18 años en los que la testosterona dictaba sentencia puedo afirmar sin temor a equivocarme que el gozo, babeante y atónito, que me dispensó contemplar fascinado la tremenda presencia física de Kim Basinger, constituye, a día de hoy, un bastión argumental lo suficientemente poderoso como para considerar esta cutre historia como una de las referencias eróticas de toda una generación. Mi generación.”

Cita extraída de : http://www.filmaffinity.com/es/review/50635799.html

Siona: “Que sí, es peli de ciencia ficción porque si estas cosas nos pasaran, por lo menos, dos veces al año, yo os aseguro a todos vosotros que iríamos a trabajar cada día con una enooorme sonrisita… o en su defecto, al menos, no con esa cara de palo con la que vamos casi siempre.”

Cita extraída de :  http://www.filmaffinity.com/es/userreviews/1/166456.html

 

La cuestión es que al director, tras dirigir Foxes (1979) y Flashdance (1983), se le ocurrió realizar una tercera cinta taquillera explotando la historia concebida por Sarah Kernochan y Zalman King (nominados a otro Premio Razzie al peor guión) que consistía básicamente en contar la historia de pasión, pasión y pasión apasionada con toques de desenfreno y una pizca de sadomasoquismo de dos treintañeros: una galerista de arte, la bella y sexy Elizabeth, y un broker de Wall Street, el atractivo y cínico John, todo ello en Manhattan, claro está. En un estilo muy yuppie, (un poco tipo la serie de televisión protagonizada por Bruce Willis y Cybill Shepherd Luz de luna pero a lo heavy y sin humor) con hombreras y con inicios del estilo minimalista caro (Ella se compra un traje oscuro de diseñador japonés).

Elizabeth (Kim Basinger con 33 añitos) es una mujer divorciada (nada que ver con lo que sucedía en España y se retrataba en los ochenta en la serie Anillos de oro), y se supone que liberada, que trabaja en el arte, junto a su amiga Molly (Margaret Whitton) que sólo sirve de comparsa, como galerista y/o marchante porque resulta muy chic (un poco como una de las de Sexo en Nueva York). Elizabeth encuentra a John y John (Mickey Rourke), el tiburón de las finanzas sin escrúpulos, a Elizabeth. Hasta ahí bien, pero a partir de ese punto difiere bastante de las historias de Tom Hanks y Meg Ryan.

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Su relación dura nueve semanas y media. Hasta que ella dice basta. Se supone que la cinta, de 3 horas, estaba cargada de escenas fuertecitas que la censura y la autocensura redujeron a 2, haciendo que el film fuera en sí más incomprensible de lo que el propio Adrian Lyen ya se estaba esforzando en conseguir (recordemos en otro ilustrador paréntesis que Lyne es el director de Proposición indecente (1987) y de la adaptación mala de Lolita (1997)) Básicamente (Instinto básico es de Verhoeven, aunque la podría haber hecho Lyne) John inicia un juego sexual de dominación en el que él marca las reglas y Elizabeth se somete con placer a él hasta que empieza a buscar amor donde no lo hay. Al final ella lo deja porque se siente utilizada. O, más bien, esto no queda nada claro porque son los 80 y el largometraje parece inconexo, porque no se atreve a traspasar ciertos límites. En cualquier caso, un encuentro fortuito se convierte en una manera muy agradable y divertida de pasar casi tres meses juntos. Sin tregua para la monotonía ni el día a día. Sin ternuras ni ñoñerías, puro sexo y rock-and-roll.

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El largometraje tenía todos los ingredientes para triunfar, con una buena fotografía de Peter Biziou, (director de fotografía de The Wall (1982), de Arde Mississippi (1988), de La ciudad de la alegría (1992), de En el nombre del padre (1993), de El show de Truman (1998) o de Infiel (2002)). Y con una banda sonora que también destacó: además del hit de Joe Cocker (al que se rescató del olvido y de alguna licorería), había temas de Bryan Ferry “Slave to Love” o Eurythmics “This City Never Sleeps” cuando estaban en la cresta de la ola. Aunque el hilo argumental empieza bien luego se enreda, se deshilacha y resulta flojo. No consigue atar nada.

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Taquillazo mundial, hasta en Oriente.

Pero el éxito de Nueve semanas y media no se debió tanto a la intriga, ni al planteamiento, ni a la fotografía, ni a la música… La película se mitificó por la química en pantalla de una pareja guapa de actores que echaron la carne (no toda) en el asador. Basinger más que Rourke. Mickey Rourke, antes de desfigurarse el rostro con el boxeo y con el bótox, estaba llamado a ser un continuador de la saga de los galanes malotes, esto es, un rebelde si causa… encore une fois. En el momento del rodaje tenía treinta años y ya se había moldeado en manos de directores reconocidos de la talla de Cimino (Heaven’s Gate y Year of the Dragon) y, sobre todo, de Coppola, con moto y chupa de cuero en La ley de la calle (1983). Y Kim Basinger… Kim Basinger aún está estupenda. Salvo una peli de Robert Altman había hecho una decena de películas sin pena ni gloria. Nueve semanas y media fue su momento, el de los dos. Rourke hizo luego Orquídia Salvaje (1990) con una Carrée Otis que estaba muy bien, pero puff y El corazón del ángel (1987) con Robert de Niro, que a mí sí me gusto y luego se eclipsó hasta El Luchador (2008). Y Kim Basinger desapareció en films sin mucha chicha (exceptuando el Batman de Burton) hasta que la rescataron encarnada en una pseudo-Verónica Lake L. A. Confidential (1997).

ESCENAS INOLVIDABLES DE NUEVE SEMANAS Y MEDIA

Pero, volviendo al tema y al film que nos ocupa, en Nueve semanas y media destacaría dos secuencias recordadas con fervor por un público que no estaba sólo revolucionado por la subida púber de hormonas.

1El numerito de la nevera: ¡Lo que se puede hacer con la comida y la imaginación!

 

Esta secuencia es claramente lúdico-festiva, con musiquita off que sobra pero que marca el tono del divertimento. Para mí está mejor realizada u orquestada que la del numerito del polvo en el callejón con el agua que corre sobre ellos de una improbable cañería rota.

Se utiliza la luz de la nevera abierta para recortar el primer plano de perfil de Basinger, y oponer a la luz blanca los colores cálidos de la piel y una lengua que sale y entra, sale y entra. No voy a comentar mucho lo del acto de tragar con los ojos cerrados y la elección de la comida porque es diáfano. No obstante, recuerdo a todos que eran los ochenta. Y ella, además de ejercer de conejillo de indias y padecer o gozar de una prueba de sabores: fresas-bueno, jarabe-malo, gelatina-bueno, guindilla-malo… Lo cual nos lleva a un importante consejo: No tener nunca la nevera vacía… Es bastante hipnotizante ver cómo le resbala el champagne, la saliva y la leche. Explosión del espumoso (me recuerda mucho a otra secuencia de otra película en la que se escupían champagne a la cara alegremente) y masaje pringoso con miel. Peter Bizio juega con los planos detalles, con el huevo que se ralla, con la lata que se abre, con el bruitage y, por supuesto, con la luz.

2El Striptease: Peter Bizio también juega con la luz en el famoso striptease de Kim Basinger en el que, de nuevo, ella se mueve, actúa… y él observa, controla. “You can leave your hat on” de Joe Cocker de fondo, como música intradiegética, porque se ve cómo encienden el equipo y un Mickey Rourke en albornoz negro fumando un cigarrillo, de voyeur, complacido por el espectáculo de una Kim Basinger que comienza a desnudarse tras una veneciana, haciendo un guiño a la iluminación propia del género negro y acaba desnuda en la terraza con la city de colores a sus pies.

 

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Profesora de literatura y artes visuales contemporáneas en la Universitat de València. adelacortijo.com

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